Instintivamente, cuando uno sale de viaje, suele llevar un libro como compañero. Quizás sea puesto sobre la mesa de noche y tal vez no sea consultado o leído. O tal vez sí, y nos acompañe hasta que el sueño asalte la razón y la conciencia. Pero el libro es un compañero ideal, siempre. Si tenemos esto en mente, es difícil pensar que en un confinamiento como el que actualmente vivimos por esta multicitada pandemia la figura del libro pueda estar ausente. Y entonces, podemos observar a nuestro alrededor esa figura, mitad duende, mitad animal fantástico de papel, que se aparece por los rincones más insospechados de nuestras casas. Y que salta en medio de esta travesía que tomamos como encierro.

Si logramos cazar a uno de estos animales fantásticos de papel, y lo abrimos para hacer más llevadera esta travesía, las palabras se esparcen a borbotones sobre nuestra estancia, sobre nuestra mesa, sobre nuestra cama o sobre nuestro propio lugar. El libro es un colega amoroso, que nos acompaña en las horas mejores y peores de nuestros días. Y la literatura, como su hermana la poesía, es como el viento refrescante que entra por nuestra ventana, en medio de esta ola de calor insoportable.

Y, en confinamiento, son grandes colegas la literatura y la poesía. Es el momento de tomar una buena novela, un buen libro de cuentos, un buen compendio de poemas o un libro de varia invención ―como Arreola decía―  y darse el tiempo de conectar un rato con otros órganos y con otras zonas fronterizas de nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu. Cansado el cerebro, de artículos, libros, capítulos, retos intelectuales, cuando nos acercamos al campo literario, el cerebro recibe las ondas desde otras dimensiones: cambian las conexiones de las sinapsis. Y, en tiempos de confinamiento, la lectura se ha convertido en un proceso que va más allá de “pasar un rato”. En redes sociales las manifestaciones que más podemos observar, en estos tiempos de este encierro son las artísticas. Vemos a los músicos tocar solos o acompañados, a través de las benditas redes sociales; vemos a los escritores leyendo poemas; vemos a la gente común y corriente reproducir algún cuadro en su casa, con los medios a la mano. Y son expresiones que surgen de lo espontáneo, como una necesidad vital que no necesariamente responde a una programación.

Y es el arte el que ha aparecido como soporte vital en esta pandemia y en el encierro en el que nos encontramos. No puedo dejar de recordar a Herbert Read: “el arte se halla profundamente involucrado en el proceso real de percepción, pensamiento y acción corporal. No es tanto un principio rector a aplicar a la vida, cuanto un mecanismo regulador que sólo podemos desconocer a costa nuestra. Mi afirmación final será que sin este me­canismo, la civilización pierde su equilibrio y cae en el caos social y espiritual”… Y para mantener nuestro equilibrio, ¿qué podemos leer hoy?

Daniel Murillo Licea, investigador del CIESAS